CONSEJO GENERAL DE HERMANDADES Y COFRADÍAS  
CORIA DEL RÍO

Exaltación a la Eucaristía 2011

Por Don Juan José Asián Estevez

Pronunciada en la Parroquia de Santa María de la Estrella de Coria del Río, el Sábado 1 de Junio de 2011 (A)


EXPOSICIÓN

Mí bien amado hermano y Señor Jesús: (1)

Se han apagado los cánticos y se han encendido las velas, la blanca lona del altar se extiende para acoger el prodigio.

Ahí fuera, la tarde se muere lentamente con los últimos rayos del ocaso. Anochece ya y los hombres concluyen a su modo el quehacer de este día. La luna empieza a bañar esta media esfera y estalla un nuevo día en la otra media.

Benditos sean los umbrales de esta noche en que, pequeño y redondo, te manifiestas a mí en toda tu divina humanidad.

Bendita esta noche en que te plantas frente a frente, erguido como una columna en el desierto, para mirarme a la cara y destrozar con tu Fuego este muro de chapa que yo me empeño a veces en levantar entre Tú y yo.

Bendita esta noche en que recoges todo el silencio del mundo para que pueda oírte, en que arrancas todas las malezas para que pueda verte, en que te acercas como pan para que pueda comerte, en que te vistes de mi humanidad para que yo me eleve a la vida de Dios que Tú me traes.

Una alegría restaurada resurge ahora, dorada y fuerte, golpeando suavemente en mi corazón como un niño que llama al cristal de una ventana.

Mira que estoy a tu puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, y cenaré con él y él conmigo, dice el Apocalipsis. (2)

Por eso pido prestadas las voces más bellas, para poder ensalzar el privilegio de estar aquí, ante Ti,  Dios expuesto, frágil en la pequeña ostia.

Pido la humildad de los santos anónimos para ser mínimamente digno de acercarme a este milagro.

Pido el asombro de los niños para no perderme nada de este acontecimiento único en que Tú te muestras, desnudo y blanco, como en el pesebre; glorioso y escurridizo, como en el Tabor; humano y fuerte, como en el Calvario; cercano y cierto como en la aldea de Emaús. Dios mío, anclado en la custodia, te manifiestas sobre las ruinas del mundo.

En los contornos bien delimitados del viril te contienes, Tú que no tienes meridiano ni frontera. (3)  Apareces cercado por el círculo mágico y dorado que te sujeta, como si fuese posible poner límite a Aquel que el universo no puede contener. Evidente milagro de tu Amor que hace estallar todos los axiomas de la Física.

Sí, Señor, así te ha parecido bien: exponerte ante mí y ante el mundo como un magnolia abierta, derramándote sobre el blanco altar, sobre este templo, sobre el mundo y sobre todo el cosmos, pero muy especialmente te derramas en todos los corazones que son regados por ese río incesante que brota del ostensorio.

Para eso naciste, para eso te despedazaste, para eso resurgiste victorioso del seno de la tierra, para habitar silente los pequeños perfiles de la custodia y los pequeños perfiles de este corazón mío.

Mirad, hermanos, mirad la inmensa humildad de Dios que se hace un trozo de pan por mendigar nuestro amor.(4)

Apareces aquí como un mendigo a la puerta de mi casa. ¡Qué tengo yo- dijo el poeta- que mi amistad procuras! ¡Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras! (5)

Tu silencio aquí sobre el altar no me es indiferente: ¿Qué quieres? ¿Qué buscas? ¿Por qué te empeñas una vez más en reclamar mi atención?

¿Qué ganancia sacas de ese eterno esperar tuyo sobre el altar? No sabes ya que no tengo nada que darte.

Pero me haces recordar ahora a tu amigo Jerónimo.

Paseaba el santo Jerónimo por un bosque cercano a Belén, un viernes Santo a las tres de la tarde. Había puesto una cruz de palo en un árbol y tuvo una visión en que tú, Jesús, desde la cruz le hablabas:

            -¡Jerónimo! ¿Qué serías capaz de darme?

       Jerónimo te dijo: -Señor, te doy mis ayunos, mis penitencias, mis noches sin dormir, todo lo que hice durante todas las cuaresmas de mi larga vida.

Le contestaste: 

      -Eres un buen muchacho. Pero ¿qué más tienes?

       -No sé, Señor. Te regalo la nostalgia de todo lo que dejé allá en Roma, mis amigos, familia, el hogar que no hice, la esposa que no tuve, todos los sacrificios que hice por extender tu Reino.

       -Gracias Jerónimo. Eres un buen muchacho, ¿qué más tienes que darme?

       -Señor, te regalo todo lo que me espera en la vida, todos los libros que escribí, todas las personas a las que convertí, todos los errores que corregí, todas las noches que pasé escudriñando tus Escrituras.

       -Está bien, gracias. ¿Qué serías capaz de entregarme además?

        Y Jerónimo quedó muy triste porque ya no sabía qué más darte.

       -Señor, no sé qué puedo ofrecerte, no tengo nada más.

       Entonces Tú, Príncipe de los Lirios, lo miraste  y le dijiste:

       -Jerónimo, dame tus pecados para que te los perdone. (6)


 Ahora, Jesús, dímelo a mí también.

 

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

                                  

  ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,       

pues no te abrí!  ¡Qué extraño desvarío

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

  ¡Cuántas veces el ángel me decía:

                Alma, asómate ahora a la ventana,              

verás con cuánto amor llamar porfía!

 

  ¡Y cuántas, hermosura soberana:

Mañana le abriremos --respondía--,

para lo mismo responder mañana!(7)

 

INCIENSO

La plata del incensario ya está preparada.

Preparadas las brasas rojas del carbón que el fuego lame.

Abierto el incensario para recibir la resina aromática de la que solo Tú eres digno.

Pero ahora mismo, este templo que te alberga, esta parroquia es un incensario de piedras donde ha de quemarse para Ti el incienso que Tú prefieres: la alabanza agradecida de todas tus criaturas.

Suba pues esta alabanza como incienso en tu presencia, como el alzar de las manos a la caída de la tarde.(8)

Tú, Cristo Vivísimo, quieres introducirme en este horno de ascuas que es el incensario, como aquellos tres jóvenes hebreos que narra el Libro de Daniel.(9)

Él es el horno incombustible donde Tú me envuelves en tu Fuego. El incendio de tu presencia lo ilumina todo, desde el más pequeño átomo hasta la más lejana de las galaxias, desde el primer día de la historia hasta la consumación de los tiempos, porque ahora todo está aquí dentro de este templo-incensario para adorarte.

Miro a oriente y veo venir una ingente multitud de criaturas que se dirigen a Ti.

Miro a occidente, miro al norte y al sur y la misma masa de seres viene para postrarse ante Ti, Verbo Incandescente.(10) 

De todas partes llegan los ecos de tus criaturas hasta este altar, hasta este templo, a esta parroquia, como llegan a cualquier otro lugar donde un sacerdote eleva la hostia y dice en tu nombre: Hoc est Corpus meum. 

Mira, Jesús, el resplandor del sol y de la luna, las casi infinitas lamparillas de las estrellas, el girar de los astros, la elipse de los cometas, el pacífico ejército de ángeles, los siete cielos, las aguas que cuelgan de ellos… todo está aquí y te adora.

La mansa lluvia, el huracán, las perlas del rocío de la mañana, el susurro del viento por mi calle, el frío y el calor, el bochorno y la nevada, los témpanos y las calimas… todo está aquí conmigo y conmigo te adoran.

Suba, Señor, su alabanza como el humo del incienso.

La luz, la tiniebla, los rayos de tu Gracia, las nubes del pecado perdonado, la tarde y la mañana, la vigilia y el sueño. Todo está aquí y, quemándose en el fuego de tu presencia, se eleva hasta tocar tu cuerpo diminuto de pan y te adora.

Los montes y sus cumbres, las semillas que hace germinar la tierra, los manantiales, los ríos y los océanos, los peces que surcan el mar, las aves del cielo, las fieras y los ganados… también están aquí y te adoran.

Todos los pueblos de la historia que, habiéndote conocido o no, elevaron alguna vez los ojos al cielo para pedir tu misericordia. Todos los nombres que te pusieron, todas las oraciones que compusieron para Ti, todos los actos de amor gratuito, los héroes y los cobardes, los santos y los pecadores, los vivos y los muertos… están aquí conmigo y te adoran.

Acoge, oh, el más bello de los hombres, (11) la alabanza de todo cuanto existe; porque las cosas, tal y como Tú nos las has hecho conocer, son el reflejo de tu Belleza, de la única Belleza digna de ese nombre.

Pero acoge además, Señor, la fealdad del mundo que arde también en el fuego de este incensario, porque el humo, incluido el del incienso, es al mismo tiempo una tiniebla. Una espesura que se levanta ante los ángulos de tu altar como una bestia que surge del océano o un dragón que emerge de la tierra. (12)

Escucha, Cordero sin mancha, el grito de las madres, el dolor de las esposas, el lamento de las hijas. (13) Su dolor también arde en el incensario. Como arde el río de los hambrientos que sube de sur a norte, sobre el asfalto mojado, sobre la playa caliente, frente a una valla de seis metros.

Arden las riquezas naturales robadas a los pobres, el padre sin trabajo, la muerte de los inocentes. Arde el látigo del faraón que se levanta y restalla para esclavizar a tus hermanos.

Arden los prostíbulos llenos de niñas, las fábricas llenas de niños, la explotación de sus manitas de algodón que Tú creaste para el balón y el chocolate.

Arde la doncella de Sión ultrajada, el joven al que han robado la rebeldía y el entusiasmo, el enfermo arrojado fuera, el viejo arrojado fuera…

La caza de Abel que no cesa porque Caín siempre está despierto.

Todo esto es también este humo que sube del incensario ante tu Real y Eucarística Presencia.

 

PROCESIÓN

Cada día, desde tu asombrosa Encarnación, al romper el primer rayo de la aurora, tomas el manto y te lo ciñes, te calzas las gastadas sandalias, coges tu vara, tu alforja y así, vestido de pastor, sales del bienaventurado redil en el que moras. Caminas con paso firme y decidido, con el pelo mojado del primer rocío.

-           ¿A dónde vas, Señor, tan de mañana?- te pregunto.

-           A buscar ovejas, -me respondes.

Así se alza también la custodia de plata sobre un océano de flores y de cera. Sobre el paso procesional, se levanta esa inhiesta torre de orfebrería, tan opuesta y diferente de aquella otra torre que levantamos los hombres cuando queremos hacernos como dioses.

La custodia sale; sales, Buen Pastor, erguido como un faro. Los rayos matinales del sol quedan atrapados, como por encanto, en tu cuerpo de plata decreciente.

Se abren las puertas del redil, y Tú, como un guerrero, hermoso y joven, te lanzas al mundo para abrazarlo.

Sales, Pastor sin tiempo, para estrechar entre tus brazos fuertes este mundo nuestro de pueblo pequeño.  Y se hace Palestina nuestro pueblo y te ve salir como con prisa, sacramentado y atrayente, como un manzano entre los árboles silvestres.(14)  

Te ciñes al costado la espada, que es tu gloria y tu esplendor, cabalgas victorioso a favor de la Verdad y de la Justicia, porque tu mano va a realizar maravillas.(15)

El río, muy quieto, es un espejo donde se refleja tu brillo. Sobre las paredes encaladas, se recorta tu sombra.

 Sales pisando romero, muy tempranito, al umbral del mundo, a las afueras del mundo.

Abandonas los centros para ir a las periferias que es donde viven tus hermanos los hombres. Dejas por un momento a los miembros sanos para acudir presuroso al encuentro de toda miseria humana, de todo abandono y soledad, de toda enfermedad y hambre, de toda esclavitud y muerte.

Mujeres de pueblo, al verte, sacan sus pañuelos para que en ellos dejes a tu paso la huella imborrable de tu rostro. Verónicas de hoy, cuya fe solo Tú conoces.

Otras derraman a tus pies el perfume de sus ruegos y abren los frascos de oraciones ante Ti, y el pueblo se impregna del olor de esos nardos. Ellas son, hijas de reyes que salen a tu encuentro porque huelen la mirra y el áloe de tus vestidos.(16)

Ancianos de pelo blanco te esperan para cogerte entre sus brazos, acariciar con mimo tu cara de niño y llenarla de besos pequeños como hicieron Simeón y Ana en otro tiempo, en el templo de Jerusalén.

Te acompaña un murmullo de niños en tu camino. Por las calles sus vocecillas suenan como el eco de nuestras primeras oraciones, de los primeros padrenuestros que recitábamos a la misma vez que nuestras madres.

Nada te entretiene, sigues de largo. Una urgencia de luz y misericordia te acelera el paso: has de llegar al sitio donde pacen entre zarzas esas otras ovejas que se te han perdido.

Así es, Señor, así lo quieres, caminar por el pueblo hasta encontrar sus escombros.

Pero en cualquier esquina, en cualquier puerta, te detienes en seco porque ya has hallado lo que buscabas, un pobre corazón de carne.

Una luz diferente invade ahora tu rostro. Fijas mucho la mirada. Metes la mano por las hendiduras de ese corazón y lo rescatas porque estaba pedido; y lo sanas porque estaba enfermo; y lo consuelas porque estaba triste; y lo llenas porque estaba hueco; y lo limpias porque estaba sucio; y lo enderezas porque estaba torcido;  y lo riegas porque estaba seco; y lo animas porque estaba muerto.

Una vez más haces el milagro, porque tu Amor es más fuerte que todos sus enemigos. Abrazas tan fuertemente a ese corazón recién encontrado, lo aprietas con tanta firmeza contra tu pecho que casi se besa con el Tuyo.

¿Quién puede dudar de Ti, viéndote así arremangado, con los brazos metidos entre espinos para traer a Ti a una oveja que se te ha perdido?

Pastor que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño. (17)  Pastor mete la mano en todos los pechos, toca aunque solo sea una vez todos los corazones.

Oye, Pastor, pues por amores mueres, no te espante el rigor de los pecados, pues tan amigo de rendidos eres. (18)

Bendita sea mil veces la mañana de tu Cuerpo y de tu Sangre, cuando en custodia metálica, sales al encuentro de todas las ovejas perdidas, Pastor de pan de trigo.

Bendita esa mañana cuando viertes un solo gramo de tu amor en algún corazón de piedra para volverlo semejante al Tuyo.

En fin, bendito seas Tú, eternamente, cuando me dices desde el ostensorio: Oveja perdida, ven, sobre mis hombros que hoy no solo tu pastor soy, sino tu pasto también. (19)

 

En las tardes de junio,

juncia y romero, vente conmigo,

que ya cantan los seises

sus rigodones de uva y de trigo.

De uva y de trigo, de uva y de trigo

que está rubia la espiga,

azul el cuelo, verde el racimo.

 

En las tardes de junio,

que Dios a cuerpo se echa a la calle,

ya se ha puesto Sevilla la zapatilla blanca de baile.

Blanca de baile, blanca de baile,

repican los palillos,

pluma al sombrero, Dios en Versalles.

 

Ay, que madura la espiga,

ay, que el romero está en flor,

ay, que esta copla es bandera,

purísima y bella de la Concepción.

 

Con el sol de diciembre,

alta en la torre, una bandera.

Se levanta en el cielo la voz de un seise

como una estrella.

Como una estrella, como una estrella,

de pluma y terciopelo,

blanca y celeste, y al aire queda. (20)

 

RESERVA

Con el peso alegre de haber atravesado el mundo, te llegas de nuevo a mi casa, celestial vecino, donde quieres encontrar el calor de un hogar: la mesa puesta, las persianas levantadas, las luces encendidas y la conversación amena.

El amigo vuelve a casa después de la batalla y vienes buscando mi compaña, porque es triste volver de la lucha y que nadie te espere; porque no se hizo el alma del hombre para la soledad sino para la Comunión, ni siquiera el alma del Hombre-Dios.

Te llegas a mi casa a reservarte conmigo como en Betania y me haces un nuevo Lázaro, tu mejor amigo.

Te reservas en mi casa, en lo más profundo e íntimo de mi cuarto, hambriento de mi pan y de mi vino, en esta casa que tan torpemente olvidé preparar para tu vuelta.

Aquí estamos Tú y yo, mi pequeño Cristo reservado, en el cruce de las miradas, en el murmullo lento de mis palabras y en el sagrado grito de tu silencio.

Mi Dios escondido, quieres hacer un hueco en mí y estarte aquí conmigo en Comunión, y ambos en Solidaridad con todo el Universo, con todos los seres.

Y así eres Comunión en mí, Solidaridad en mí con todo cuanto existe. En mí te unes a toda lucha noble, a toda lucha justa y pacífica. Te unes en mí a todo dolor y sacrificio ofrecido a favor de los demás, a todo desvelo por hacer más humano el mundo, a toda esperanza, a toda búsqueda de la fraternidad entre los hombres.

Soy templo de Ti, dice el apóstol; (21) todo el Cosmos es templo de tu Gloria, sagrario de tu Belleza.

 

 Todo es tu Cuerpo Sacramentado, materia tocable en la que existes y señoreas.

Todo es tu Cuerpo infinitamente expandido por todo el universo, desde el primer amanecer hasta el último crepúsculo.

Por Ti, Pan de la Vida, todo es Comunión, desde la pequeña célula hasta los espacios interestelares, pues todo está hecho de la misma materia de tu Amor.

Y así, este Cuerpo tuyo se transforma en el Cuerpo Místico de la Iglesia, en el Cuerpo Místico de la humanidad, en el Cuerpo Místico del universo.

Este es, Señor, tu Cuerpo reservado en mí del mismo y milagroso modo en que está oculto en el tabernáculo.

En mi pequeño Nazaret de cada día, te reservas conmigo y con todos para conversar amigablemente de cualquier cosa.

Me acompañas al trabajo y conmigo trabajas, compartes conmigo las risas y las lágrimas.

Con delicadeza me riñes cuando me empeño en bajar a los abismos. Te haces tan cotidiano que impregnas de Ti mi cocina, mi azotea, mi zaguán y mi patio; tan familiar, tan de mi casa que nada mío te resulta extraño

Y me enseñas a percibir tu huella en las pequeñas cosas que suceden. En el niño que cae, en la anciana que resiste, en la madre que lucha, en el curioso que pregunta, en quien entrega su vida a una causa noble y en quien se reserva egoístamente sus talentos para sí, porque todo es tu cuerpo eucarísticamente solidario con el hombre; porque todo es huella de tu paso; porque todo es tu huella. 

Esta es tu huella, tu oculta huella sobre el caos,

y nada existe más que Tú,

tu Amor que todo lo origina.

Al separar tierras y aguas,

Tú preparaste como una cuna,

la tierra a la que vendrías.

 

Esta es tu huella, tu hermosa huella en Palestina,

y nada existe más que un Niño,

un niño de vida divina.

Al encarnarte en nuestra piel,

Tú transformaste los desiertos

en mil hermosas primaveras.

 

Esta es tu huella, tu negra huella en la colina,

y nada existe más que tu cuerpo,

acribillado de espinas.

Cuando subiste hasta la cruz,

Tú fecundaste en un vergel

la tierra en que te plantó la muerte.

 

Esta es tu huella, tu clara huella matutina,

y nada existe más que tu luz,

la luz en que todo culmina.

Al germinar como una espiga,

Tú condujiste a un día nuevo

el mundo que te vio triunfante.

 

Esta es tu huella, cuando la tarde ya declina,

y nada existe más que un pueblo,

que ciego junto a Ti camina.

Al signo de partir el pan,

Tú convertiste nuestras manos

en piedras para elevar tu reino.

 

Esta es tu huella, tu hermosa huella peregrina,

y nada existe más que el Fuego,

que da esperanza a nuestras ruinas.

Al arrojarlo en nuestras manos,

Tú provocaste aquel incendio

que habría de sanar la tierra.

                                                                                                                                                                                                                  

            Alabado sea Jesús Sacramentado. Sea por siempre bendito y alabado. 



(A).- Los derechos de la Exaltación a la Eucaristía, fueron cedidos por su autor D. Juan José Asián Estevez a la Hermandad de Ntra. Sra. de la Estrella de Coria del Río.

Notas:

(1).- Monición del Beato Carlos de Foucault.

(2).- Ap 3, 20.

(3).- Himno de Vísperas del Domingo II.

(4).- El Sacramento. Juan Asián, Sergio Asián.

(5).- Soneto. Lope de Vega.

(6).- Mamerto Menapace.

(7).- Soneto. Lope de Vega. Adaptación al castellano actual.

(8).- Salmo 140, 2.

(9).- Dn 3.

(10).- Misa sobre el mundo Theilard de Chardin.

(11).- Salmo 45, 2.

(12).- Ap 13.

(13).- Oratorio de Santa María de la Estrella. Juan Asián.

(14).- Cant 2, 3.

(15).- Sal 45, 4-5.

(16).- Sal 45, 9-10.

(17).- Rima XIV. Lope de Vega.

(18).- Rima XIV. Lope de Vega.

(19).- El Buen Pastor. Luis de Góngora.

(20).- Copla de los seises. Antonio Burgos, Carlos Cano.

(21).- Cor 3, 16.                 

(22).- Voiçi la nuit. Villancico francés, traducción libre.