CONSEJO GENERAL DE HERMANDADES Y COFRADÍAS  
CORIA DEL RÍO

Exaltación a la Eucaristía 2014

Por Don Julio Castañeda Blanco

Pronunciada en la Parroquia de Santa María de la Estrella de Coria del Río, el Sábado 21 de Junio 2014


A mi padre

 

Este es el pan bajado del cielo. No como el pan que comieron los padres y murieron. El que come este pan vivirá para siempre. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. El que come este pan vivirá para siempre”.

Señor, gracias por ser una vez más mi más firme apoyo y por mostrarte en cada una de las personas que me rodean y quieren. Gracias por manifestarte en la voz de mi esposa al decirme con tranquilidad y sosiego que Tu, mi Dios, nunca me pondrás allí donde Tu brazo no pueda sostenerme. Y teniendo como ánimo mi amor incondicional a Ti, mi fe sincera en Ti ante las dudas que la vida me presenta y mi lucha diaria por ser una mejor persona y un mejor cristiano, en Tu presencia Señor, quisiera aprovechar esta oportunidad única para rezarte, pedirte, agradecerte y hablarte.

Permíteme Señor, que ante Ti, sólo me fije en Ti, y que mis palabras dirigidas a Ti, lleguen a través Tuya a aquellas personas que sinceramente me aprecian y quieren, todo ello para su consuelo, felicidad y esperanza.

Así mismo Señor, como conocedor que eres de mi devoción por tu Madre Santísima en la advocaciones de la Soledad y del Rocío, otórgame la dicha de asirme de sus benditas manos, como siempre hago al dirigirme a Ti.

Señor, estás presente siempre. Siempre y en todo. Tu omnipresencia se me hace clara y diáfana cuando mi corazón está inmaculado, cuando mi alma está limpia, cuando mi espíritu está purificado. Te haces presente en la Sagrada Forma, en la Hostia consagrada, para mostrarme el misterio de Tu Redención, de la acción salvadora que llevaste a cabo con Tu muerte y resurrección; y yo he de tomarla con alegría y agradecimiento eterno por las vías de la Palabra, del servicio a la verdad y de la sumisión llena de amor y esperanza a Ti.

A través de Tu Redención Señor, de conocerla y entenderla, puedo llegar a comprender, a sentir, que el eje sobre el que debe girar mi vida sacramental es la Eucaristía, pues a través de ella, de participarla y vivirla, siento recibir Tu fuerza salvadora. Así percibo en mi Señor, que la Eucaristía es el pilar y sustento que me ofreces a fin de participar de Tu Redención divina.

Ante Ti Señor, ante tu Sacramento Eucarístico, siento renovarse Tu sacrificio en la Cruz y tu gloriosa Resurrección, sintiendo en mí una vez más la función salvadora de dicho sacrificio ofrecido por Ti mismo a Dios Padre.

Por Ti Señor, ante Ti, no sólo debo ser testigo del Misterio de la Verdadera Vida, sino que he de participar del mismo, ser parte activa, a fin, de que en Tu infinita misericordia y por medio de este sacrificio santo, sea redimido por Ti de todas mis ataduras. Participando consciente y verdaderamente de Tu Sacramento Eucarístico, me siento y soy rescatado, liberado, salvado por Tu propia gracia divina, al infringirme e impregnarme de Tu fuerza salvadora.

Ante Tu Santo Sacramento, ante Ti Dios mío, se me manifiesta de forma clara, que la función única de Tu muerte en la cruz y Tu posterior resurrección triunfante y gloriosa, fue mi salvación y la de todos los hombres. Pero Señor, esto para mí nunca ha sido fácil. En mi vida he pasado por momentos de duda y de falta de necesidad de Ti.

En momentos vividos de gran dolor, de rabia, de impotencia, me he rebelado contra Ti Señor, quizás por no comprender aquello que sucedía, o por mi flaqueza, o tal vez también por mis debilidades, o simplemente por mi propio egoísmo, sin darme cuenta que contra quien me rebelaba era contra mí mismo, contra mis propios defectos y carencias; y que Tú, únicamente me otorgabas el mejor regalo, que humildemente pienso, has hecho a los hombres, la libertad. Un presente precioso y tan valioso que se sustenta en Tu confianza ciega en el hombre, en Tu fe infinita en el hombre pese a nuestras imperfecciones a veces extremas. Por ello Señor, como agradecimiento a ese regalo, te muestro mi fe ciega en Ti, mi confianza plena hacia Quien murió y resucito de entre los muertos por mi salvación.

Sin embargo Señor, gracias a Tu luz que ilumina cada día mi camino, he ido superando esos momentos de duda y desasosiego que se me presentaban, y hoy por hoy Señor, mi encuentro contigo y Tu Santísimo Sacramento me es muy necesario. Es una experiencia personal e intima, que supone mi encuentro pleno con Alguien que me ama por encima de todo y al que amo y quiero amar por encima de todo también. Algo que puedo mostrarte Señor a través de mi amor al prójimo de una manera sincera, honrada, educada, valiente y verdadera, pues creo que así me será más fácil recibir Tu Gracia divina y lograr tener una mayor capacidad de amar, de ejercer la caridad, de servir, de escuchar, de comprender, de ayudar, de perdonar, de orar, de alabar, de vivir en gratuidad, de emocionar, de tender la mano al hermano, de gozar de ti Señor, de aceptar con alegría tu Cruz, de adorar, de agradecer, de hacer y ser feliz, de vivir plenamente, de morir dignamente y de merecer tu Redención divina.

Bajo estas premisas y en honor a la verdad Señor, he de estarte agradecido eternamente. Porque es mucho lo que me das cada día, y debo mostrarte, de la mejor manera posible, mi agradecimiento, y comportarme tal y como Tú me pides, pues no encuentro mejor manera de alabarte. ¿Pero en qué medida?, ¿cuántas veces debo alabarte Señor?, ¿cuántas glorificarte? Todas, pues mi día a día debe estar dirigido a mostrarte actos de alabanza y de adoración, a Ti y a Tu más Divino Sacramento; y todo ello en reconocimiento del amor con que permaneces en mí y en mis semejantes, salvaguarda infinita para mi Fe.

Deseo Señor, y me esfuerzo para que mis alabanzas no estén sólo circunscritas a mis rezos puntuales o a mi participación puramente presencial en la Santa Misa. Mis alabanzas y loas a Ti Señor, han de ser infinitas pues cada comportamiento de mi vida diaria ha de estar enfocado a alabarte, haciendo de mis propios quehaceres diarios el reflejo autentico de una vida consagrada a Ti Señor.

Se, Señor, que la celebración de la Eucaristía exige la esencia de un sacrificio, el Tuyo Señor. Al igual que en el Monte Calvario Tu sangre Señor se separo de Tu cuerpo; en la Santa Misa, por medio de las palabras de la consagración, las especies del pan y el vino se convierten en Tu cuerpo y Tu sangre. Y es aquí Señor, cuando al hacer memoria de Tu santo sacrificio, cuando Te haces presente, Te sacrificas, Te ofreces y hasta Te muestras a fin de que entres dentro de mí.

Creo Señor que la Eucaristía es una misteriosa reunión de prodigios, y de ello soy testigo participe. En el sacrificio que se ofrece en nuestros altares es donde reúnes el estado de Tu gloria con el de Tu muerte, a fin de aplicar los méritos de ella. Tu gloria Señor me deslumbraría, Tu muerte me llenaría de espanto; por ello me es preciso templar la una con la otra.

Así Señor, Te encuentro en los altares y sagrarios como en los cielos y como en la cruz. Estás en las custodias y en el cielo. Estás en el cielo como Dios triunfante y glorioso, en la cruz como hombre y víctima, y en el altar, Señor, reúnes uno y otro carácter.

Por mi fe, don precioso que me regalas cada día Señor, creo en Tu presencia real en la Hostia consagrada. Por mi fe Señor, creo que la Sagrada Forma eres Tú mismo Señor. Porque Tu Señor, ya lo dijiste, eres: “…el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, el que crea en mi no tendrá nunca sed” (Juan 6, 35). Por ello Te busco Señor, por ello Te busco y Te encuentro, a fin de que pueda alimentarme de Ti mismo para que alivies mi hambre y mi sed.

Y de mi Señor, cuan importante es mi participación en la Eucaristía, en Tu presencia verdadera en el Altar. Una participación que ha de ser reflejo de mi propio quehacer diario. A esto Señor, corresponde mi ofrenda. Cuando participo con Fe en la Eucaristía, he de darme cuenta de que ella es una Ofrenda Consagrada. El pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por mi devoción, por mi vida y por mis sacrificios espirituales, son consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en Tu Cuerpo entregado y en Tu Sangre derramada. Un sacrificio

incruento y sacramental, ofrecido por Ti Señor para la salvación de todo.

En mi participación de Tu sacrificio eucarístico Señor, me esfuerzo por entender de forma clara lo ocurrido, junto a tus doce apóstoles, en Tu Última Cena Pascual. Ayúdame Señor a asumir Tus palabras, a tomar Tu cuerpo y beber Tu sangre. Aceptar el sentido de aquellas palabras que guardan el misterio de la Vida. Saber Señor, que en la celebración de la Eucaristía, al hacer memoria de lo vivido en aquella cena pascual, Te haces presente en cuerpo y sangre verdadera. Ilumíname Señor para entender, que al hacer memoria de Tus hechos, he de proclamar las maravillas que has realizado y realizas a favor de todos, para cumplir el mandato que dejaste en manos de Tus apóstoles, y que de generación en generación de cristianos ha llegado hasta mis propias manos. Ayúdame Señor a asumir mi responsabilidad como parte de Tu pueblo y como testigo de Tu presencia divina y real en el Santo Sacramento, a acometerla, a no rechazarla.

Mas, para esta tarea, como para todas las que se me presentan, necesito de Ti Señor. Requiero de Tu poderoso y divino brazo para que me sostenga. Como dice la soleaera plegaria:


“…Señor, soy débil y soy humano

no desoigas mis clamores

cuando angustiado te llamo

sólo quiero que al caer

Tu me cojas de la mano”.


Necesito de Ti, Señor, para poder poner en práctica mi sacerdocio común con el resto de mis hermanos. Preciso de Ti Señor para llevar a cabo mi propio sacrificio espiritual durante la celebración de la Eucaristía. Que mi asistencia al milagro sacrifical de la Eucaristía brote de mi corazón y de mi alma de forma natural, sin estridencias ni adornos efímeros, como respuesta eternamente agradecida ante el inmenso don que significa, que Tu Señor, Te hagas presente.

Mi asistencia y participación en la celebración de la Eucaristía debe mostrarte mi alabanza y mi ofrenda Señor, y será reflejo de mi comportamiento diario en todas las facetas de mi vida. Por ello Te necesito tanto Señor, para que me prestes la atención necesaria a fin de ser un cristiano consecuente con mi fe, y mostrarlo en la Eucaristía y en mi vida diaria. Sin embargo se Señor, que para ello, para que puedas ayudarme, he de mostrarme en cada momento de mi vida como seguidor tuyo. Y se Señor, que no se trata de estar constantemente rezando oraciones, ni proclamando que creo en Ti, que también. Se Señor, que se trata de hacerme visible como seguidor tuyo con mi comportamiento ante tus ojos y los del prójimo; manteniendo una postura de cristiano

valiente, justo, educado, honrado, cabal y comprometido en cada una de las facetas de mi vida. Debo mostrarlo de forma natural, desprovista de artificios y aspectos forzosos.

Por ello imploro Tu ayuda Señor, impetro Tu Luz para que me ilumine y me ayude a ser más creíble como cristiano, y así podré conservar con alegría la esperanza de ser invitado a Tu Cena, de ser verdaderamente digno de participar junto a mis hermanos del Gran Sacrificio del Altar, del Santísimo Sacramento, de la Eucaristía.

Cuando instituiste Señor la Eucaristía, y mostraste como hacerte presente en cuerpo y sangre, enseñaste que la Eucaristía es el sacramento supremo, que la sagrada Comunión significa y verifica ser el alimento espiritual del alma. Designaste la Eucaristía como el más importante de los sacramentos, de donde emanan y confluyen los demás. La Eucaristía es el centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana.

Tu Sacramento Eucarístico Señor, es el Sacramento de Unidad, de Comunión, y por medio de él proclamo mi unión Contigo, mi unión entre todos los demás cristianos, mi adhesión a tu Iglesia.

La Eucaristía Señor, tal y como me la enseñas, es el Sacramento de la Caridad y del Amor Fraterno. Ya la misma noche que la instauraste, instituiste el mandamiento del amor. La Eucaristía y el amor van siempre juntos. Tu Señor, estableciste el Santísimo Sacramento como prueba y muestra de Tu inmenso amor, por ello entiendo, que siempre pidas que nos amemos como Tú nos amas. De no ser así Señor, no cabría mi participación en la Eucaristía. Sin amor por el prójimo, la Eucaristía carece de sentido. Así, antes de recibirte Señor, en la Comunión, he de recibir y mostrar el sacramento de la reconciliación con mis hermanos, pues recibir Tu Cuerpo y Tu Sangre Señor, el alimento de la vida eterna, requiere mi reconciliación constante con los hermanos y por ende Contigo. Muéstrame siempre Señor, que la caridad, la más importante de las virtudes teologales, está íntimamente unida a la Eucaristía. Señálame Señor, que Tu sacrificio eucarístico es la demostración más bella y clara de la caridad: Morir por la salvación de los demás, y entregar Tu sangre y Tu cuerpo en resurrección para que eternamente me salve y alimente.

Ante Tu presencia Señor, reflexiono, y en mi humildad ante Ti, afirmo que la Caridad y su ejercicio van unidos a la fe divina, a creer en la verdad de Tu revelación, de Tu Sacrificio Eucarístico. La Caridad no se trata de un acto meramente benéfico y material, que aunque loable, carece del don espiritual que el ejercicio de la caridad lleva adherido. La Caridad forma parte de la Eucaristía pues en su ejercicio, me lleva a entregarme al prójimo y a Ti Señor, infundido por Tu Espíritu Santo. La Eucaristía, el Misterio de Tu Muerte y Resurrección Señor, es el acto de caridad supremo: Dar todo

por amor. Y como fruto de la caridad, la Eucaristía es el sacramento del partir y el compartir, de llevar a todos aquello que se reparte con amor fraterno, haciendo lo necesario para que haya para todos. Y además, la Eucaristía es compartir en el sentido de participación de una misma Fe, de un mismo misterio, del mismo Espíritu Santo.

La Eucaristía Señor, es también el Sacramento del Misterio de mi Fe: Anunciar Tu Muerte salvadora, proclamar Tu gloriosa Resurrección. Es el lema de mi Hermandad soleaera, por ello atesora un carisma sacramental especial, que hace de la celebración de Tu sacrificio supremo su propio fin esencial, y que abarca por medio de él, a todos los demás.

En la Eucaristía Señor, se manifiesta Tu divina e infinita humildad sin perder ni un ápice de Tu regencia también divina. Lucho Señor porque mi Fe sea, como dijo sobre la Eucaristía el Santo Papa Juan Pablo II, “grande y humilde celebración de la gloria divina”. Grande porque es la expresión principal de la Fe, de Tu presencia entre nosotros; y humilde porque esta confiada a los signos sencillos y diarios. Esos gestos ordinarios que debo llevar íntimamente relacionados con las ofrendas de mi comportamiento, las cuales he de llevar ante al altar al participar de la Eucaristía. Tener fe en Ti Señor, es creer y confiar en Ti, saber que por el Misterio de la Consagración Te haces presente ante mí en el altar o en el sagrario.

Y la Eucaristía Señor, es el Sacramento de la Esperanza. Tengo esperanza en una vida futura, anhelo y creo en una vida futura a Tu lado tras la muerte. Pero mientras tanto Señor, soy peregrino y caminante de esta vida, que también es regalo hermoso tuyo, y por ello, permíteme Señor, la vivo lo más plenamente y feliz que puedo.

Tus palabras Señor, pronunciadas durante la Ultima Cena me muestran el rasgo esperanzador de la Eucaristía, Tu futuro Señor. San Lucas y San Pablo ya revelaron en sus escritos el cumplimiento de la “Nueva Alianza”, progreso y perfección divina. Estos evangelistas subrayaron también que el Sacramento Eucarístico es la anticipación gloriosa propia de Tu Reino. La Eucaristía Señor, Tu presencia, es el sacramento de la esperanza en que nos otorgues todo lo que has prometido. Pero para ello, he de permitir que Tu Señor, en tu Santísimo Sacramento, abras mi espíritu, mi corazón, mi alma, mi cuerpo a Tu Espíritu Santo, para recibir la gracia de la esperanza inquebrantable de sentarme un día a la mesa del banquete celestial, y a la misma vez de librarme de querer sentarme al banquete de los suficientes, de los hipócritas, de los malvados, de los injustos, y de todos aquellos que puedan alejarme del único y verdadero banquete de Dios: La Eucaristía.

Señor concluyo por hoy mi oración ante Ti, pero no será la última. Pronto Señor volverás a Tu sagrario. Yo volveré a la rutina diaria de la vida, de mi vida, la que me has entregado y por la que Te estoy felizmente agradecido. Y Te seguiré encontrando Señor allí donde quieras manifestarte, y sobre todo Señor Te encontrare en la mirada inocente de mi hijo, para él que te pido que estés siempre a su lado y nunca abandones.

Para finalizar Señor, permíteme mirar a quien es testigo de todo lo que hoy he hablado, Tu Madre, la Virgen María, que desde su discreción, supo de todo aquello que hubo de ocurrir en la noche pascual en que instauraste la sagrada Eucaristía, y que como siempre, es ejemplo máximo para mí como seguidora Tuya. Me uno a Ella en su rezó como madre por Tu sacrificio redentor Señor: “Si es posible, Padre, que pase de Él este cáliz. Pero que se haga Tu voluntad. Y no olvides que yo estoy deseando compartirlo con Él”.


Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y su Madre concebida sin pecado original.

Gracias.