CONSEJO GENERAL DE HERMANDADES Y COFRADÍAS  
        CORIA DEL RÍO (Sevilla)

CHARLAS CUARESMALES, POR RVDO. P. D. ANTONIO SANTOS MORENO, PÁRROCO DE SANTA MARÍA DE LA ESTRELLA Y ASISTENTE ESPIRITUAL DEL CONSEJO


Os ofrezco esta Charla Cuaresmal, dirigidas a todos vosotros, con motivo de la Cuaresma 2019

La Cuaresma nos invita a buscar espacios de silencio interior y de reflexión personal en alguna casa de ejercicios, para examinar un poco nuestra vida, ver qué nos falta o qué nos sobra, descubrir y elegir los verdaderos caminos de la felicidad. La Cuaresma es un buen tiempo para realizar ejercicios espirituales o, al menos, para asistir y participar en algunas “charlas cuaresmales” de las muchas que se organizan en nuestras parroquias.

NUESTRAS SEÑAS DE IDENTIDAD

Uno de los peligros que nos acechan siempre es que perdamos el rumbo, el horizonte y las metas de nuestras vidas. Hay cuatro preguntas que, de alguna manera, nos definen y nos muestran nuestras verdaderas señas de identidad:

-¿Quién soy?
-¿De dónde vengo?
-¿A dónde voy?
-¿En qué lugar me encuentro?

Jorge Luis Borges expresaba su visión del hombre con sentido personalizado:

“Para mí soy un ansia y un arcano,
una isla de magia y de temores,
como lo son tal vez todos los hombres”.

Y Albert Camus, con una metáfora pesimista:
“El hombre es un extranjero sin pasaporte en un mundo glacial”.

Desde la orilla de la fe, las respuestas son sencillas:

¿Quién soy? “Somos hijos e hijas de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos, pero cuando se manifieste seremos semejantes a Él y le veremos tal cuál es”. La clave de nuestras vidas será siempre la “filiación divina”

¿De donde vengo? De Dios Creador, que me ha colocado en el escenario de la historia, con una misión que cumplir y una tarea que realizar.

¿A dónde voy? A la Casa del Padre, por los senderos de la historia. O lo que es lo mismo: A la plenitud de mi vida en la intimidad con Dios. Con estas palabras definió el cielo, san Juan Pablo II.

¿En qué lugar me encuentro? La respuesta está en nuestros labios y en nuestro corazón. Ojalá nos encontremos siempre caminando de la mano del Señor.


CAMINANTES, SEMBRADORES Y TESTIGOS

La “filiación divina” nos ofrece otros muchos destellos muy importantes de nuestra vida. Tres de esos destellos, podemos expresarlos con estas palabras:

-Caminantes -Sembradores -Testigos

Primero, somos caminantes, expresión que nos convierte en “peregrinos”. Salimos de las manos creadoras de Dios Padre, y comenzamos nuestra singladura, siempre en movimiento, hasta el final de nuestra existencia humana. Somos caminantes y, por tanto, hemos de caminar. No podemos detener ni entorpecer la marcha. Pero teniendo en cuenta un principio esencial: “En la vida, no hay caminos maravillosos sino caminantes maravillados”. El poeta nos habló de se “que se hace camino al andar”.

Segundo, somos sembradores. Sor Cristina de Arteaga, religiosa jerónima, nos dejó un precioso poema sobre la siembra. Dice así:

“Sin saber quien recoge, sembrad,
serenos, sin prisas,
las buenas palabras, acciones, sonrisas...
Llevar siempre en nuestras manos la buena semilla:
-La semilla de nuestra palabra cálida, ardiente, acogedora, que

ofrece los mejores contenidos. ¡Qué importante es hablar! ¡Pero sobre todo, comunicar! Una palabra que no hiera, que no destruya, que no desanime, sino que enciende siempre las mejores ilusiones y los mayores entusiasmos.

-La semilla de nuestras obras, de nuestro testimonio. “Las dulces palabras, vuelan”, decía el poeta Horario. “Los hechos permanecen”. Será el lenguaje de los hechos lo que atraiga la atención y fortalezca la credibilidad. Nos lo dijo hermosamente el Papa Pablo VI: “La gente hace mas caso a los testigos que a los maestros, y si hace caso a los maestros es porque tambien son testigos”.

-La semilla de nuestros mejores gestos de amor.

Tercero, somos testigos, sobre todo, de aquello que creemos. Una de las principales acusaciones que se lanzan contra los creyentes cristianos es la de la incoherencia. No hacemos lo que decimos; no practicamos lo que creemos. Será nuestro ejemplo lo que fascine.


LA HERMOSA FLOR DE LA FE

¡Cuántas y qué hermosas definiciones se han dado de la fe! Pero quizás ninguna tan hermosa, tan exacta y a la vez tan profunda como la que nos dejó el Papa emérito Benedicto XVI:

“La fe no es una teoría.

Creer significa entrar en una relación personal con Jesús y vivir la amistad con Él en comunión con los demás, en la comunidad de la Iglesia. Confiad a Cristo toda vuestra vida y ayudad a vuestros amigos a alcanzar la fuente de la vida: Dios. Que el Señor haga de vosotros testigos gozosos de su amor”.

¡Magníficas palabras! Palabras nucleares definidores de la naturaleza de la fe cristiana. La fe no es una teoría, algo que se sabe, pero sin influencia en la vida. La fe penetra hasta los tuétanos de la existencia del creyente, hasta el punto de ser una manera de vivir, un estilo de vida, una verdadera relación de cada persona con el Señor Jesús.

La fe, en su esencia más viva consiste en “intimar” con Dios, confiando a Cristo nuestra existencia.

La confianza es el primer fruto de la fe: poder confiar en otro, en un amigo, en Aquel que nos comprende totalmente y que nos ama hasta darse Él mismo para gloria del Padre y para nuestra salvación.

La fe nos adentra en la confianza, en la entrega de nuestra vida a Dios. ¿Rezo sintiéndome en manos de Dios? ¿Experimento su presencia? ¿Le busco, le encuentro en mis hermanos? El Abbé Pierre definía la fe: “La fe no es sólo creer en Dios, sino, sobre todo, creer que Dios nos ama”.


EL RECETARIO DE FERNANDO SEBASTIÁN

Quisiera recoger en esta charla, un hermoso “Recetario”, sencillo y práctico, con el que se despidió de su diócesis de Pamplona, y que respondía a la pregunta: “¿Cómo debe ser un buen cristiano?”

1. Cumple el primer mandamiento. Ama a Dios como Creador, Padre providente y misericordioso, origen y horizonte de nuestra vida.

2. Estudia la historia de Jesús. Cree en Él con toda tu alma. Acéptalo como el Amigo interior con el que todo se comparte. Ponlo en el centro de tu vida y de tus amores.

3. Ama a la Iglesia de Jesús, de los Apóstoles, de los santos. Es tu madre, tu maestra, tu hogar. Recibe, convive, colabora.

4. Participa intensamente en la Eucaristía dominical. Es tu inmersión periódica en la vida de Jesús, en su amor filial.

5. Ora cada día. Con la Iglesia entera. Con Jesús, con María. Aprende de Ella a ser discípulo de Jesús. Para acercarte cada dia un poco más a la verdad de Dios, para sentir su amor, para irradiar el gozo de su presencia.

6. Pon tu corazón en amar a los demás con el amor de Jesús. No seas egoísta, aprende a ser compasivo y misericordioso.

7. Haz algo para que este mundo se parezca algo más al mundo que Dios quiere para sus hijos, fundado en la verdad, en la justicia y en el amor.

8. Aprende a valorar las cosas de este mundo desde el final del camino, desde la cumbre de la resurrección.

Preciosos consejos para nuestra vida. Y la paz de Dios llenará nuestro corazón y crecerá en el mundo.


“VOCES” PARA NUESTRAS VIDAS”

Escuchemos algunas “voces amigas”, que, con aire de susurro se acercan a nuestro corazón, ofreciéndonos su luz y su esperanza.

Primera voz: La voz del Papa Francisco, cuando el jesuita Antonio Spadaro le pregunta en una larga entrevista: “¿Quién es Mario Bergoglio?”. Y el Papa le contesta con toda sencillez: “Yo soy un pecador en el que Dios ha puesto los ojos”. ¡Qué hermoso y saludable es reconocernos “pecadores”, “frágiles”, “débiles”, necesitados de amor y de perdon.

Segunda voz: La voz de aquel gran Papa Pablo VI, Benedicto XVI: “El mal de nuestro siglo es la pasividad de los buenos”. Ese “no querer ver, no querer oir, no querer actuar”, sino “quedarnos cruzados de brazos ante los problemas más graves...en su encíclica “Evangelii Nuntiandi”: “El hombre de hoy escucha con más interés a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque también son testigos”.

Tercera voz: La voz de la Madre Teresa de Calcuta: “La primera pobreza de nuestros pueblos es no conocer a Cristo”. ¡Cómo han de retumbar estas palabras en nuestro corazón! Cristo nos espera siempre en todas las encrucijadas de nuestra vida.

Cuarta voz: La voz de Carlos de Foucauld: “Mi misión en la vida es ser bueno”. Carlos de Foucauld, explorador místico, fundador de los Hermanitos de Jesús escribió al final de su vida un precioso Diario. Y dice en uno de los capítulos: “Si alguien me preguntara cuál es mi misión en la vida, yo le contestaría sencillamente, ser bueno. No hacer esto o lo otro o lo de más allá, no. Sólo ser bueno”.


 ¿QUÉ TENEMOS QUE HACER EN ESTA HORA?

Esta la pregunta: “¿Qué tenemos que hacer en esta hora, en este momento difícil de la historia, ante tantas encrucijadas, ante tantos problemas y tantos dramas?”

Primero: ¿Qué tenemos que hacer en esta hora? “Escuchar a Dios, escuchar a Jesucristo”. No hace mucho, el Papa Francisco se hacía esta pregunta: “¿Qué es lo más importante para un cristiano?”. Y se contestaba: “Lo más importante no es ayunar, ni ir a la iglesia, ni rezar... Lo más importante es “escuchar a Dios”. ¿Por qué dice el Papa eso? Porque fue el “consejo” que nos dio Dios Padre, en la escena de la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado. Escuchadle”. Y ¿cómo escuchar a Dios? Primero, buscando desiertos personales; segundo, en el silencio de nuestro corazón. Escuchar a Dios es “abrir los oídos del alma a su Palabra, pero también a sus susurros, a sus inspiraciones, a lo que Cristo nos dice a cada uno personalmente”.

Segundo: ¿Qué tenemos que hacer en esta hora? Santa Teresa de Jesús, cuando llega el protestantismo no sale corriendo por los claustros de sus conventos, sino que escribe en el libro de su vida: “Decidí hacer aquello poquito que yo puedo y hay en m: Cumplir mejor las reglas del Carmelo y hacerlas cumplir a mi comunidad”. Lo que hemos de hacer es “cumplir la voluntad de Dios, realizar en nuestras vidas el proyecto de Dios, lo que Dios nos pide y quiere de cada uno de nosotros”.

Tercero: ¿Qué tenemos que hacer en esta hora? Nos lo dice el Papa Francisco: “Curar heridas y dar calor al corazón”. “La Iglesia es como un hospital de campaña en las batallas”. Se impone la llamada “pastoral samaritana”: “Escuchar lamentos, enjugar lágrimas, curar a los heridos”.