CONSEJO GENERAL DE HERMANDADES Y COFRADÍAS  
CORIA DEL RÍO

Humilde y Antigua Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Vera+Cruz, Purísima Concepción de María Santísima y San Juan Bautista


Sede Canónica: Ermita de San Juan Bautista, calle San Juan nº 42

Casa Hermandad: Calle San Juan nº 36-B


Teniendo en cuenta la fecha de realización de la Sagrada Imagen del Cristo y los datos facilitados por el que fue Archivero del Arzobispado de Sevilla, D. Antonio Hernández Parrales, sobre el año 1500, un grupo reducido de hombres religiosos, gente del campo y del río, con fines piadosos y benéficos, siguiendo las orientaciones y las predicaciones de los PP. Franciscanos, se congregó teniendo "su principio en una unión de fieles dedicados a darle culto al Señor y del mismo modo continúan"... Y se reunieron para orar, juntos, en su recoleta Ermita de San Juan Bautista o del Cerro, poniendo ante el pueblo la imagen del Cristo crucificado de la Vera+Cruz, que simbolizaba sus sentimientos religiosos... Y se constituyen en Hermandad, con el noble deseo de manifestar su fe cristiana, de practicar la caridad, de hacer penitencia en tiempo de pasión, de socorrer a los hermanos enfermos y enterrar a los difuntos. Dando, además, culto a la sagrada imagen, que "era la expresión de la espiritualidad y de la vida de la Hermandad y una catequesis sensible del misterio que se representa. El arte estaba al servicio de la fe..."

Numerosos documentos dan fe de su existencia en el siglo XVI, como el que hace referencia a que en dicho siglo la Cofradía solicitó que su Ermita estuviese agregada a la Basílica de San Juan de Letran para gozar de las indulgencias que los Papas habían concedido a dicho templo. De ahí que la Ermita se denominase de San Juan Bautista.

La Vera+Cruz de Coria del Río siguió los fines marcados por la Hermandad de Sevilla, para su fundación... Sus primitivas Reglas, perdidas o extraviadas desde 1778, encuadernadas en piel, con hierros dorados, escritas en letra gótica sobre pergamino e iluminadas las letras iniciales de los capítulos, eran una copia fiel de las Reglas de la Cofradía matriz, como hicieron todas las Hermandades veracruceras, y por ellas se regulaba "todo el quehacer de la Hermandad"; su organización interna, sus fines tanto culturales como asistenciales, se ajustaban todos los aspectos propios para el desarrollo de las actividades religiosas.


Y nació la Cofradía humilde y pobre, inmersa en el espíritu Franciscano, sobreviviendo de limosnas y de alguna capellanía fundada en su Ermita.

La Cofradía, eminentemente penitencial, de disciplina, en sus orígenes -se hará más devocional en los siglos XVII al XX-, vivía una Semana Santa severa, viviendo la humanidad de Cristo y su pasión.

Desde el siglo XVI la Hermandad realiza una procesión el Jueves Santo, celebra la festividad de San Juan Bautista en el mes de junio y la Exaltación de la Santa Cruz en septiembre.

En el primer tercio del siglo XVII se agrega al título de la Vera-Cruz, el de la Purísima Concepción de María Santísima, a partir de cuyo momento se le da culto y veneración a la Virgen María en el Misterio de su Concepción Inmaculada.

Durante los siglos XVII y XVIII la Hermandad goza de una buena vitalidad en todos los sentidos, percibiendo ingresos incluso por el ganado que tenía en propiedad.

Ya en el siglo XIX entra en decadencia, tras la desamortización de Mendizabal, decadencia que perdurará hasta que en el segundo tercio del siglo XX comienza una recuperación que hoy continua.

Después del letargo en que entró ésta Hermandad en el último tercio del siglo XIX y que culminó en los lamentables destrozos sufridos en sus más queridos bienes durante los acontecimientos políticos y sociales de 1.931, fué sin duda la abnegación, fruto de la fe, inicialmente de un grupo de hermanos, al frente de los que estuvo el Hermano Mayor de entonces, Don Vicente Ortega Alfaro, lo que hizo posible no solo que se mantuviera el rescoldo de la devoción a sus sagrados titulares, sino también el que se conservara lo más esencial de sus bienes materiales, la imagen del Cristo de la Vera+Cruz, recuperada gracias a la restauración llevada a cabo, en 1.932, por el conocido escultor Castillo Lastrucci, e igualmente el que se conservara la Ermita de San Juan Bautista y múltiples restos de su mobiliario para que pudiera ser reconstruido en el futuro.

En ese dramático contexto de escasez de medios económicos y de circunstancias convulsas e incluso violentas, que tuvo lugar en la década de los años treinta del siglo XX, aquél grupo de hermanos supo mantener viva y fiel a sus fines a la Hermandad hasta que en 1.942 le pasaron el testigo de sus cargos a las personas que resultaron elegidas para sustituirlos y que fueron: Don Manuel Ramírez Lama, como Hermano Mayor, Don Antonio Pineda Franco, como Secretario y Don Antonio Ramírez Lama, como Tesorero, quienes junto con un fervoroso número de hermanos y sobre todo de hermanas, incansables trabajadoras, como Doña Rufina Delmás, Doña Amelia Lama, Doña Isabel Ferrari, Doña Rosario Pineda o Doña Ángeles Japón, entre otras, retomaron, con redoblado ahínco, la ingente tarea iniciada por la anterior rectora, de reconstruir el patrimonio religioso y artístico que tan brutalmente había sido deshecho.

En ese sentido, con extraordinario buen criterio, durante sus primeros diez años de mandato, con los escasos recursos que les proporcionaban las cuotas, rifas y algunas representaciones teatrales, dirigieron sus abnegados esfuerzos al enaltecimiento del Quinario y a la participación de los hermanos en el mismo, así como a la consolidación y mantenimiento de la Ermita de San Juan Bautista y a la realización de un nuevo paso para el Santísimo Cristo, incrementando considerablemente la participación de buenos predicadores y cantores en los cultos, construyendo un gran muro de contención hacia la calle El Palomar y una canalización de aguas para evitar la erosión que la lluvia producía en la terraza de la ermita, así como, respecto al tercer objetivo, consiguiendo un Paso de caoba, construido, en estilo renacentista, por el carpintero local Don Antonio García y con numerosas tallas del escultor Don Rafael Barbero Medina, que sustituyera al antiguo paso del siglo XVIII, prácticamente destruido en los repetidos sucesos.

Asentados tan fundamentales pilares para la recuperación pretendida y contando ya con la ayuda de algunos jóvenes hermanos y hermanas, en 1.953 propusieron a la hermandad la adquisición de una nueva imagen de la Virgen de la Concepción, que encargaron al referido escultor Don Rafael Barbero Medina, que es la imagen que actualmente se venera y que con tanto acierto, por su belleza, realizó su artífice. Y para poder procesionar, tomaron la decisión en 1.955, de realizar un paso de palio, que fue ejecutado en cuanto a carpintería por Don Antonio García y en cuanto a orfebrería, candelería y varales, por Don Manuel Seco Velasco.

La extraordinaria atracción que la procesión del Santo Cristo, acompañado de la Virgen, produjo sobre tantas personas, desde su salida en 1.956, hizo que un grupo de hermanos, compuesto por Don José Antonio Lobato Mellado, Don Alejandro Sosa Lobato, Don Manuel García Castro, Don José Antonio Ramírez Lama y Don José Ignacio Quintero Pérez, algunos pertenecientes ya a la Junta de Gobierno, promoviera la idea de que los hermanos participaran en la procesión del Jueves Santo vestidos con las túnicas de nazarenos y que en el año 1.961, tras la aprobación de nuevas Reglas por el Arzobispado, se efectuase tal procesión con el acompañamiento de cuarenta y cinco nazarenos.

Fue la presencia de aquellos escasos nazarenos en las calles el detonante para que el fervor por las procesiones de Semana Santa en Coria, languidecido desde tanto tiempo, despertara y que durante los siguientes años fueran centenares los devotos que, inscribiéndose como hermanos, participaran en las estaciones penitenciales vestidos con sus túnicas y con rigurosa seriedad y comportamiento, así como que aumentase espectacularmente la nómina de hermanos y recuperándose con ello la estética cofradiera que en siglos pasados la Hermandad había tenido.

A partir de esos años y merced a los valores espirituales y materiales ya recuperados, todo fue creciendo con mayor rapidez. La integración de más personas en los trabajos de la Hermandad, muchas de ellas jóvenes, trajo como consecuencia un mayor número de devotos a los sagrados titulares, una asistencia masiva de hermanos a los cultos, mayor actividad formativa e innumerables adquisiciones de objetos para la liturgia y para la procesión de penitencia.

Así, en poco más de veinticinco años y en el orden de lo espiritual, se llevó a cabo el establecimiento del Triduo a la Santísima Virgen de la Concepción, el restablecimiento de las misas solemnes en las festividades de San Juan Bautista y la Exaltación de la Santa Cruz y de las misas dominicales, se organizaron conferencias, retiros y charlas para la formación cristiana de los hermanos, que obviamente prepararon el terreno para que en el año 1.990 el recordado Padre Benítez Carrasco S.J, aceptase la dirección espiritual de la Hermandad y culminase felizmente toda esa encomiable labor formativa.

Y en el orden de lo material, se realizaron: la restauración del Santísimo Cristo, devolviéndole el rostro original que permanecía oculto; se adquirieron, entre otros muchos enseres que sería difícil enumerar en este espacio, la corona dorada, la toca y tres sayas bordadas en oro y dos mantos de salida para la Virgen, la orfebrería repujada completa y el bordado pleno del palio del actual Paso  de la misma, un nuevo Paso de caoba de estilo barroco para el Santísimo Cristo y gran parte de las varas e insignias que se portan en la procesión de penitencia, así como la restauración total de la ermita y vivienda aneja, la construcción de la casa hermandad y el almacén de los Pasos.         

Todo ese conjunto de objetivos espirituales y materiales conseguidos con humildad, generosidad y sacrificio durante cincuenta y pico de años, es sin duda alguna la base que ha permitido alcanzar a ésta Hermandad una situación tan floreciente como la viene teniendo desde hace veinte años, una situación que le hace poder cumplir con sus antiguos y permanentes fines fundacionales y a poseer un patrimonio artístico suficiente y digno de servir a dicho cumplimiento. 


Fotografías: Manuel Franco de la Rosa